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Y EL FUTBOL ILUMINÓ LA ESCENA

Fundación Televisa entregó 500 balones Bolaluz en la Sierra Norte de Puebla.

Por: Yolanda Gudiño | 10 de abril, 2013

 

Ni todas las vueltas y curvas de la carretera, el calor endiablado o las desmañanadas para salir de Televisa San Ángel en punto de las seis de la mañana se comparan con la excitación de los habitantes de Atlahuaca ante nuestra llegada.

 

Una multitud de hombres, mujeres y niños, se congrega desde temprano bajo una carpa de rayas azules y blancas. Junto a una casa de madera de un solo cuarto se improvisa el lugar para la ceremonia: varias mesas dispuestas en fila, cubiertas con manteles blancos, algunos cientos de sillas rentadas, un pódium de madera, dos micrófonos y unas bocinas de feria para un grupo musical que se retrasa.

 

La camioneta en que venimos junto con los artistas llega media hora tarde, descendemos sin tiempo para saludar. Bajamos por una pendiente desigual del terreno, abriéndonos paso entre rostros sudorosos pero contentos. La bienvenida y las presentaciones alternan el náhuatl y el español, frente a los asistentes que entienden perfectamente ambos discursos, excepto claro, quienes venimos de fuera y nos perdemos en medio del gusto musical y dulce del náhuatl. Agradecimientos van y vienen. Nada importa, finalmente “Yully” y “Eulogio” están aquí, reales, de carne y hueso, perfectos para la foto, igualitos que en la novela, tal vez más flacos y risueños. Las mujeres intercambian miradas, risas, cuchicheos mientras siguen el hilo de las atropelladas charlas.

 

Carmelita, una niña de la comunidad, cierra la entrega formal de bolaluz con un discurso memorizado en náhuatl. Pasamos entonces a la premiación de la escuela ganadora de la Olimpiada Verde. Los alumnos, sentados en el piso, ríen al escuchar nombrar a su maestra, quien desde el presídium les hace señas para que se comporten, sin perder su papel de autoridad en ningún momento. Ellos y ellas se murmuran cosas al oído mientras con la mano se tapan los labios protegiendo sus palabras. Así, termina la ceremonia y comienza la música improvisada a partir del sonido de una de las camionetas y las bocinas, a falta de grupo.

 

La escuela está como a media hora, me dice la maestra. ¿Caminando?—pregunto. Ella se ríe de mí.  No, en camioneta —me corrige. Yo les dije a los niños que los traía pero se vinieron caminando por la vereda —dice mientras señala algún punto que no alcanzo a percibir, perdido entre la vegetación que lo rodea todo. Hasta llegaron antes que yo —reflexiona. Es que estaban muy emocionados. ¿Y cómo se enteró de la olimpiada? —le pregunto, pensando que la escuela no cuenta con electricidad y mucho menos con internet. Por la Secretaría, cuando fui a recoger unos papeles y pues les dije a los niños que si querían participar y dijeron que sí. ¿Y hasta dónde fue a subir los videos a la página de internet?.  A Cuetzalan, yo vivo allá y vengo diario a la escuela. Hago memoria, nos tomó casi una hora llegar desde Cuetzalan por una carretera de ida y vuelta, llena de curvas y topes. ¿Y a qué hora se regresa diario? Depende, porque muchas veces nos quedamos en la escuela hasta las cuatro haciendo trabajos con los niños y pues… también vengo los domingos para trabajar con los padres de familia en distintos proyectos…

 

Se acerca un viejo junto a su nieta que tendrá unos diez años. ¿Cómo funciona? —pregunta serio sin voltear a verme. Tomo la pelota bolaluz y le explico. Varios niños y señoras se unen a nosotros para escuchar. —¿Entonces… sólo se patea y funciona? —me dice una señora que lleva bajo el brazo una curiosa cuna hecha de yute en la que duerme un bebé de 2 meses, según supe más tarde. Sí —volteo a ver a los niños. Ahora les van a decir a sus papás que no están jugando, que están prendiendo la luz —ellos ríen y miran la bola tratando de adivinar cómo puede el movimiento convertirse en luz…

Los niños de la escuela ganadora se miran e intercambian balones, colocan las lámparas y miran divertidos cómo encienden.

¿Les gusta el Futbol? —pregunto. Todos ríen y asienten. Estamos en el equipo —me dice uno de ellos. Ganamos el primer lugar —lo interrumpe su compañero. Les ganamos a los de Cuetzalan. A ésta también le gusta –dice señalando a una niña que está junto a él. Ella me mira y sonríe mientras se tapa la boca con el huipil.

 

¿Ya le dieron balón? —le pregunto a una muchacha joven que arrulla a un niño pequeño en los brazos. No, es que yo sí tengo luz. Ellos no tienen —dice, señalando la enorme fila de personas que esperan para recibir los balones. Es que venimos de muchas comunidades, algunos tenemos luz, pero faltan muchas casas, sobre todo las que están más retiradas…

 

Es la hora de partir, entregamos todos los balones pero no podemos irnos porque hombres, mujeres y niños rodean a Sachi y Jorge para tomarse fotos. Dos mujeres me entregan sus celulares mientras con el rostro encendido se dan codazos una a la otra para darse valor y pedirle a Jorge que pose junto a ellas. Vuelven emocionadas. Ya le dije que me saludara a Mateo. —dice una sin poder contener la risa nerviosa.  Yo le dije Yully, es que no me se su nombre pero… así se llama en la novela — dice la otra. Sí, en la de la Mujer del Vendaval. Le voy a enseñar la foto a la comadre, le va a dar coraje no haber venido —me dice una de ellas mientras la otra asiente.

 

Las fotos terminan y  en un segundo se vacía la improvisada plaza, así, volvemos por el mismo camino sinuoso entre subidas y bajadas a la presidencia municipal de Atlahuaca, que según entiendo, es el nombre náhuatl del árbol del ocotillo, o al menos eso es lo que me dice el hombre sentado junto a mí, muerto de risa porque no soy capaz de repetirlo sin equivocarme. La Presidenta nos habla de las mejoras que le ha hecho a la Presidencia, un galerón enorme con piso de cemento que antes tenía techo de lámina y no estaba pintado. Todavía nos falta pero ahí la llevamos — nos comenta orgullosa. También nos cuenta que ella peló los pollos desde muy temprano, el mole lo hizo su mamá. Nos envuelven el olor de las tortillas y el ambiente de fiesta.

Bolaluz, acompañará lo mismo el juego diurno que las tareas nocturnas, será más fácil ayudar en el campo por la tarde y hacer la tarea sin tener que forzar la vista porque el fogón no alumbra, será más fácil bordar los trajes de fiesta cuando los niños ya se hayan dormido…

Yolanda Gudiño

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