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La estola de zorro: cuento de honestidad

Al final del cuento hay una serie de preguntas para conversar con los pequeños.

La estola de zorro

Cuando se casó, allá por 1920, doña María del Carmen recibió un obsequio de su madre: una antigua estola, una prenda especial que se pone alrededor del cuello y baja por el pecho, a los dos lados, hecha de piel de zorro. El artesano que la había confeccionado casi un siglo antes la había cosido con habilidad, de manera que incluía, en un extremo, la cabeza del animal con su pequeña dentadura, nariz y ojos artificiales, y en el otro, las patitas del mamífero. Su origen era ilegal, pues estaba prohibido cazar zorros; sin embargo en ese entonces las damas de sociedad gustaban de vestir pieles porque, según esto, se veían más elegantes. Doña María del Carmen usaba la estola en ocasiones especiales, como cuando salía de paseo con su esposo, don Valentín, y andaban del brazo por las calles de San Luis Potosí. Hasta él sabía que la estola no era nada bonita, pero se lo callaba por no incomodarla. Era terrible ver la figura aplanada de ese zorro que alguna vez andaba corriendo por los montes. Por otra parte, dada su antigüedad, se le estaba cayendo el pelo, que soltaba por todos lados.

Además, tenía una orilla de terciopelo verde muy pasada de moda y un extrañísimo olor a hospital, pues la guardaba con bolas de naftalina, una sustancia especial para evitar que la atacara la polilla. Sin embargo, las comadres de doña María del Carmen no se atrevían a decirle la verdad. Por el contrario, ¡elogiaban  con hipocresía la prenda! “Qué divina estola”, le decía doña María Guadalupe. “Qué objeto tan fascinante. Ni en París he visto pieza tan exquisita de alta costura”, comentaba doña Tololo.  Cuando las dos se reunían aparte, se reían largas horas de la estola, mientras bebían champurrado. Un domingo por la mañana doña María del Carmen se preparó para asistir a misa de doce en Catedral. Se puso un sobrio vestido negro que le llegaba abajo de la rodilla y, sobre los hombros, la estola. Dio los últimos toques a su impecable peinado, se perfumó con su loción preferida (Habanita, que olía tan rico como un postre) y salió de casa caminando con mucho garbo, viendo a toda la gente por encima del hombro. En esta ocasión iba sola, pues don Valentín se hallaba en Matehuala.

Al verla pasar, los señores se quitaban el sombrero y las señoras la criticaban por lo bajo, pero le sonreían y agitaban las manos. Iba dando la vuelta por una esquina cuando vio a una sencilla mujer, cubierta con un rebozo, que llevaba de la mano a un niño de unos cinco años. Cuando el pequeño miró a doña María del Carmen, se asustó con la estola y le gritó a su mamá: “¡Mira mamá, esa señora trae colgado un perro muerto!”. Al escucharlo doña María del Carmen sintió una enorme vergüenza y bajo la luz del sol se dio cuenta de que su estola, efectivamente, parecía el cadáver de un can. Llamó por teléfono a su casa para que una de las muchachas fuera a recoger la estola y caminó de prisa para alcanzar al niño.

Al verla, la madre reaccionó a la defensiva: “¿Qué le quiere hacer?”. Doña María del Carmen respondió: “Invitarlo a pasar a la dulcería de enfrente para comprarle lo que se le antoje y agradecerle que me haya dicho la verdad.”  

 

¿Y tú qué piensas…?

• ¿Qué opinas de las comadres de doña María del Carmen que mentían sobre su estola y la criticaban en secreto?

• ¿Por qué crees que el niño habló de forma tan sincera?

• ¿Cómo te parece la reacción de doña María del Carmen?

• ¿Qué hubieras hecho tú en su lugar?

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