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La falacia

La falacia

En un ranchito vivía un señor, su esposa y sus tres hijos. Un día el papá bajó una caja de ciruelas, mandó a su hijo mayor a venderlas al pueblo cercano a su ranchito. El muchacho iba por la vereda cuando se encontró con un viejito de canas y barbas blancas (era un mago disfrazado de anciano) quien le preguntó al muchacho: — ¿qué llevas en esa caja hijo? —, y el muchacho, pensando que le iba a pedir una ciruela, le respondió: — llevo piedras—, el anciano le contestó: — pues piedras venderás hijo—.

El muchacho siguió su camino hasta llegar al pueblo. Fue grande su sorpresa cuando destapó la caja, eran puras piedras, las tiró y regresó a su casa. Cuando llegó su papá le preguntó: — ¿y el dinero de la venta?—, el muchacho respondió: — me tropecé y cayeron todas las ciruelas al barranco—. El padre muy enojado pidió otra caja, y esta vez mandó a su hijo mediano a venderlas. Yendo el joven por la vereda se encontró con el mismo viejito, que le preguntó: — ¿qué llevas en la caja hijo? —, y el muchacho, pensando que le iba a pedir un poco le contestó: — llevo carbón—, y el viejito le contestó — pues carbón venderás hijo—. El muchacho siguió su camino hasta llegar al pueblo, cuando destapó su caja, las ciruelas se habían convertido en carbón.

Al llegar a su casa le mintió a su padre, diciendo que por un descuido le habían robado toda la fruta. El padre se puso triste porque no podía creer lo que le habían dicho sus hijos. El hijo menor al darse cuenta de lo que había sucedido, fue por una caja de ciruelas, unas maduras y otras verdes, y posteriormente le pidió permiso a su padre para ir a venderlas. En el camino, se encontró con el viejito, y éste le preguntó: — ¿qué llevas en esa caja hijo?—, el muchacho respondió: — llevo ciruelas—, el viejecillo sonriendo, el dijo: —pues ciruelas venderás hijo—.

El joven siguió su camino hasta llegar al pueblo, y al destapar la caja se sorprendió al ver las ciruelas maduras y de mayor tamaño, mismas que pudo vender a buen precio. Al llegar a su casa, su padre se asombró del dinero obtenido por la venta, sus hermanos también sorprendidos, le preguntaron —¿viste a un viejito por la vereda? —, él contestó: —sí, y me preguntó qué llevaba en la caja, sólo contesté que ciruelas. Sus hermanos simplemente se miraron y comprendieron que debían haber sido honestos desde el principio. A partir de ese día siempre hablaron con la verdad.

Armando Mukulk Canales, Escuela Benito Juárez, Quintana Roo