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Rosas, alcatraces y claveles: cuento de generosidad

Al final del cuento hay una serie de preguntas para conversar con los pequeños.

Rosas, alcatraces y claveles

A la señora Etelvina le hubiera gustado ser pintora, pues siempre fue buena para dibujar. Sin embargo, en el pequeño pueblo de Michoacán en el que nació no existía ninguna escuela de educación artística. Además, a sus padres no les parecía correcto que estudiara. “El lugar de las mujeres está en su casa”, le decían. Aun así, cuando lograba ahorrar algo de dinero compraba lápices de colores y acuarelas, y en un cuaderno que no mostraba a nadie solía dibujar paisajes y flores. Era algo que disfrutaba mucho. Cuando cumplió 18 años sus papás le dijeron que debía casarse con uno de sus vecinos, un campesino llamado Juan. Ella obedeció y, pasado el tiempo, se convirtió en mamá: tuvo un hijo, después una hija y finalmente unos gemelos. Mientras su esposo trabajaba en el campo, ella se dedicaba a cuidar a sus cuatro pequeños.

Estaba tan ocupada que no podía dibujar. Con el paso de los años los hijos de la señora Etelvina se fueron casando y cada uno formó su propia familia. Luego, Juan murió y ella se quedó sola. Entonces decidió que haría realidad su sueño, aunque ya fuera una anciana. “Compraré telas, pinceles y pinturas como las que usan los artistas de verdad”, decidió. “Y le voy a encargar a don Artemio, el carpintero, que fabrique un caballete para mí.” Todas las mañanas salía al pequeño jardín de su casa y colocaba su caballete y su tela. Luego se sentaba en una sillita de madera y pintaba rosas, alcatraces, claveles y todas las demás flores que ella misma había plantado. Cuando terminaba un cuadro lo colgaba en una de las paredes de su casa.

A los pocos meses su hogar estuvo lleno de hermosas flores. Era como si el jardín creciera también en el interior de su vivienda. Al contemplar su obra, la cual ocupaba los muros del comedor, la sala, la cocina, la recámara y hasta el baño, se sentía inmensamente feliz. Aquellas pinturas se convirtieron en su principal fuente de alegría. Una tarde se enteró de que el hijo de doña Conchita, quien era su mejor amiga, acababa de morir. El muchacho se había ido a trabajar a Estados Unidos y se ahogó al tratar de cruzar el río Bravo. Doña Conchita y su esposo estaban muy tristes. Se la pasaban llorando todos los días hasta que las lágrimas formaron surcos bajo sus ojos. La señora Etelvina intentaba consolarlos, pero nada parecía disminuir el dolor de la pareja. Entonces tomó una difícil decisión. Eligió varios de sus amados cuadros y se los obsequió a su amiga. Con la ayuda de un martillo y unos clavos, ella misma los colgó en las paredes de la casa doña Conchita. Se veían muy bonitos. Poco a poco y a fuerza de mirar las rosas, los alcatraces y los claveles, doña Conchita y su marido fueron sintiéndose mejor.

Desde entonces, cada vez que alguien en el pueblo perdía a un ser querido, la señora Etelvina le regalaba alguna de sus obras. Eso le dolía mucho, pues no le gustaba desprenderse de las pinturas que con tanto amor y dedicación realizaba; sin embargo, al ver la alegría que causaban, se sentía muy contenta.  

¿Y tú qué piensas…? 

• ¿Estás de acuerdo con los papás de Etelvina cuando dicen que el lugar de las mujeres está en su casa?

• ¿Crees que los padres deben decidir con quién se deben casar sus hijos, como ocurre en este cuento?

• ¿Por qué fue una difícil decisión para Etelvina regalar sus cuadros?

• ¿De qué manera puedes ayudar a una persona que atraviesa por un momento difícil?  

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