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El incidente: cuento de civilidad

Al final del cuento hay una serie de preguntas para conversar con los pequeños.

Cuento de civilidad

A Fermín siempre le gustaron los automóviles. Su habitación estaba llena de modelos a escala. Poseía alrededor de cien cochecitos, los cuales se encontraban perfectamente acomodados en repisas. También tenía muchos libros de automovilismo, los cuales leía y volvía a leer. Soñaba con tener su propio auto y a cada rato le pedía a su papá que le permitiera manejar el suyo. Su padre aceptó enseñarle a conducir, pero le dijo que no le prestaría su coche hasta que tuviera edad legal para manejar. Fermín contaba entonces con 17 años y sólo obtendría su licencia cuando cumpliera los 18. Sin embargo, gracias a internet supo que existía un permiso de conducir que se otorgaba a los menores de edad, siempre y cuando sus padres estuvieran de acuerdo y los acompañaran a hacer el trámite. Al principio, el papá de Fermín no estaba muy convencido, le dijo que aún era muy joven y que manejar era una gran responsabilidad. Sin embargo, los constantes ruegos de su hijo terminaron por convencerlo. Fue así cómo Fermín obtuvo el permiso e hizo realidad su sueño. El problema era que no tenía auto propio y hasta que pudiera comprar uno —aunque fuera usado— se vería obligado a usar el de su papá. Éste se lo prestaba casi siempre, pero le imponía ciertas condiciones: no podía ir a más de 70 kilómetros por hora, tenía prohibido salir de la colonia, jamás debía utilizar el teléfono celular mientras manejara y la gasolina correría por su cuenta. Los días pasaron y, con tal de tener un pretexto para conducir, Fermín se ofrecía a realizar todo tipo de encargos: llevar la ropa de la tintorería, recoger a su mamá del salón de belleza, ir al supermercado, etcétera. En cierta ocasión, mientras maniobraba para estacionarse frente a la panadería, no midió bien la distancia y golpeó a un auto azul bastante viejo que se encontraba cerca. Fermín se bajó para examinar los daños. El vehículo de su padre sólo había sufrido un pequeño raspón, pero el otro tenía abollada la salpicadera derecha. Como no había nadie dentro de aquel automóvil y en ese momento ninguna persona pasaba por la calle, Fermín aprovechó para irse de allí a toda prisa. Cuando su papá vio el raspón, Fermín tuvo que confesarle lo ocurrido. Le aseguró que pagaría la reparación con sus ahorros. “Tú coche quedará como nuevo”, prometió.
Luego su progenitor le preguntó sobre el otro auto. “No te preocupes. El conductor no estaba y nadie me vio”, explicó muy complacido. Entonces su papá le dijo algo que no esperaba: “Vamos para allá. Debemos esperar al dueño de ese automóvil.” Fermín no lo podía creer. Pensó que había oído mal, pero no era así. Padre a hijo fueron al lugar del percance y aguardaron hasta que apareció el propietario: un señor de bigote que al principio se enojó mucho, pero luego aceptó las disculpas del muchacho. El papá de Fermín pagó los daños y los dos hombres se dieron la mano. “¿Por qué hiciste eso? —quiso saber Fermín cuando regresaban a casa—. Ese señor nunca habría averiguado que fui yo quien golpeó su carcacha.” Su padre sonrió y le dijo: “Piénsalo un poco y lo comprenderás”. Tras meditarlo un poco, Fermín lo comprendió.
 

¿y tú qué piensas...?

• ¿Por qué el padre de Fermín llevó a su hijo de regreso al lugar dónde había golpeado al auto?
• ¿Piensas que Fermín aprendió algo de esta experiencia?
• ¿Cómo se ejemplifica en este cuento el valor de la civilidad?
• ¿Cuál habría sido tu reacción si hubieras estado en el lugar de Fermín?
 

Conversa con nosotros sobre el valor de la Civilidad, en las redes sociales de Fundación Televisa en @fundtelevisa y en www.facebook.com/fundaciontelevisa.tieneselvalor