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El juez y el burro: cuento de justicia

Cuento de justicia

Hace tiempo, en un pueblo maya de Yucatán, vivió un anciano muy sabio llamado Arnulfo Ku Balam. La comunidad lo había designado juez y, por este motivo, la gente que tenía algún problema legal solía presentarse en su casa para solicitar justicia. Como era honrado y tenía buen juicio, los habitantes del lugar confiaban en él. Una tarde llegaron varios sujetos hasta su casa. Venían muy alborotados. Como todos hablaban al mismo tiempo, Arnulfo no les entendía nada, así que levantó su bastón de mando y les ordenó silencio. Luego le pidió al que parecía estar más enojado que explicara por qué estaban allí. “Nuxib, venimos porque uno de estos jóvenes me ha robado un anillo. Era un anillo de oro que perteneció a mi madre”, explicó el sujeto mientras señalaba a tres muchachos que venían con las manos atadas. “Si uno de ellos te robó, ¿por qué los tres están amarrados?”, quiso saber el anciano. El acusador dijo que, en realidad, no sabía quién era ladrón. “Lo único que sé es que fue uno de ellos y he venido para que tú lo descubras.” Arnulfo lanzó una carcajada. “Soy juez, no adivino. ¿Cómo quieres que lo sepa? Mejor pregúntales a ellos”, dijo. El hombre respondió que ya los había interrogado y hasta los registró sin ningún resultado. Luego explicó que los jóvenes eran cazadores y él les había brindado alojamiento en su casa durante una noche. “Hoy por la mañana descubrí que el anillo ya no estaba. Seguro lo tiene uno de ellos.” Arnulfo miró a los sospechosos durante un rato y luego les preguntó si alguno se había apropiado de la alhaja. Ellos lo negaron. Entonces el juez dijo que tenía una forma de averiguarlo. “Escúchenme bien, resulta que poseo un burro prodigioso. Este animal habla igual que un humano. Cuando el ladrón le jale la cola,  el burro dirá su nombre en voz alta.” Al oír esto, todos creyeron que era una broma. Pero el anciano no parecía estar bromeando. “Se los demostraré”, dijo y entró en el establo. Luego salió y les ordenó los muchachos que entraran por turnos y le jalaran la cola al borrico que estaba adentro. Aseguró que el animal identificaría al ratero diciendo su nombre claro y fuerte. Los tres entraron y volvieron a salir, sin que el burro hablara. “Parece que su burro falló”, dijo la multitud aguantándose la risa. “Nada de eso”, respondió Arnulfo. “Gracias al burro voy a saber quién tiene el anillo”, aseguró. Entonces les ordenó a los jóvenes que le mostraran las palmas de las manos. Tras examinarlas declaró: “Este joven de bigote es el ladrón.” Al verse acorralado el muchacho comenzó a llorar y confesó la verdad.
“¿Cómo es posible?”, preguntaron todos. “Jamás oímos al burro hablar.” Entonces el anciano admitió que el animal no hablaba, pero fue gracias a él que supo quién era el culpable. “Cuando entré al establo embadurné con lodo la cola de asno. Sólo dos de los muchachos le jalaron la cola; estaban seguros de que el burro no diría nada porque eran inocentes. En cambio, el culpable temió que el animal lo denunciara y no se atrevió a hacerlo. Era el único cuyas manos estaban limpias. Así supe que él era el ratero.” Todos se quedaron muy admirados de la astucia de Arnulfo Ku Balam. En cuanto al ladrón, fue entregado a la policía.
 
¿y tú qué piensas...?
• ¿Qué opinas de la astucia empleada por Arnulfo Ku Balam?
• ¿Te parece que es un buen juez?
• ¿Qué castigo crees que merezca al ladrón?
• ¿Consideras justo que hayan amarrado a los tres jóvenes aunque sólo uno era el ladrón?
 
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