Acciones de Cortesía

Una expresión de respeto

Con seguridad conoces el caso de algún compañero de tu escuela o un vecino de tu cuadra que es grosero y maleducado. Convivir con personas así es muy difícil: usan malas palabras, no piden nada por favor, no son amables con los demás y tienen sus cosas hechas un desorden. Para ellos la situación tampoco es fácil: despiertan rechazo, no reciben la atención o los servicios que buscan y tienen frecuentes problemas con quienes no están dispuestos a soportar sus groserías. ¿Por qué se portan así? Simplemente, por que no respetan a las personas. Por ejemplo, tiran basura en la calle porque no les importa que a los otros caminantes les parezca fea o les dé asco. Cuando sentimos respeto y afecto por quienes nos rodean aprendemos a tratarlos bien, a dirigirnos a ellos con consideración y a tener una serie de pequeñas atenciones que hacen la vida más feliz y amable. Allí está el secreto de la cortesía, la decencia y la urbanidad. Ser amables en nuestro trato facilita la convivencia en el hogar, en el salón de clases, en los espacios públicos y en cualquier actividad de recreación o deporte. Esa conducta también indica que esperamos lo mismo de los otros: que nadie nos grite, nos insulte o sea rudo con nosotros. Las normas de urbanidad son muchas y muy variadas, se distinguen de una cultura a otra y van cambiando de una época a otra. Pero no importa que esos detalles se modifiquen, lo interesante es demostrar que queremos tratar bien a quienes nos rodean. Extremos contrarios:
  • Las personas descorteses se exponen a recibir groserías de los demás.
  • La falta de urbanidad degrada la calidad de vida en comunidad.
  • La indecencia resta calidad y valor a los seres humanos.

REFLEXIONA

El misterio del bosque El pequeño Javier era un chiquillo majadero, inquieto y mal modoso. Su mochila contenía un desordenado conjunto de resorteras, piedras, cáscaras de fruta, estampas de alguna colección incompleta y lápices mordidos. Las libretas parecían acordeones, en especial el cuaderno de tareas. No usaba la goma para borrar: se ensalivaba el dedo índice, trataba de eliminar el error frotando el papel con la yema y por eso la libreta estaba llena de agujeros. Éstos se combinaban con manchas de grasa, restos de un pastelillo con relleno cremoso y hasta algunas hormigas muertas. —Tienes que cuidar tus útiles —acostumbraba a decirle el profesor. —¿A poco tú me los compraste? —le decía Javier. —No me hables así, porque voy a reportarte —lo amenazaba el maestro. —Pues mejor para mí, así ya no te veré en lo que resta del año —contestaba el niño antes de abandonar el salón azotando la puerta. Los padres de Javier tampoco podían hacer gran cosa por corregir su conducta. Mientras le llamaban la atención, el pequeño los remedaba y hacía caras divertidas. Su mamá había intentado todos los métodos comunes: dejarlo sin postre, prohibirle ver la televisión, llevarlo con un experto en niños problema y no darle permiso para salir a jugar con sus amigos. Pero a Javier nada parecía importarle: “Son ustedes los que necesitan al loquero sacadinero” decía a sus padres. Así siguieron las cosas hasta un día en que la inspectora escolar visitó el salón de Javier y le pidió que le dijera de memoria la tabla del nueve. —¿A poco tú no te la sabes, abuela inspectora? —respondió desafiante. —Claro que sí —contestó la señora un tanto abochornada. —Pues si ya te la sabes ¿para qué me la preguntas? —dijo Javier— ¡y cómo no te la vas a saber, si tienes noventa y nueve años! Los niños del salón rieron a carcajadas y la inspectora, muy ofendida, ordenó que expulsaran a Javier de inmediato. Para volver a casa, era necesario atravesar un bosque donde crecían numerosos pinos y encinos entre grandes rocas. Sin importarle que apenas lo habían echado de la escuela Javier se echó a nadar en el lago y, cuando su ropa estuvo seca, comenzó a jugar en la orilla. —¡Hey, hey! —gritó a voz en cuello. —¡Hey, hey! —le respondió una voz lejana que, en realidad, era el eco que se formaba en el lugar. —¿Qué te traes? —preguntó Miguel, creyendo que quizá era otro niño escondido. —¿…te traes? —le devolvió el eco. Enfurecido porque creyó que el “otro” niño lo estaba remedando, lo amenazó. —Ya lo verás baboso. —Baboso —le respondió la voz. Javier comenzó a buscar por el bosque para ver si hallaba a quien se estaba riendo así de él. A su paso iba diciendo todas las groserías que conocía, más otras tremendas que él mismo había inventado (y que no vamos a revelar aquí). La voz extraña se las repetía. Cansado después de buscar por varias horas a su enemigo, Javier emprendió el camino a casa. Vio a su padre y, llorando, corrió a abrazarlo. Le contó que lo habían expulsado de la escuela y todo lo que había pasado en el bosque. —Un chico me estuvo diciendo un montón de majaderías —le contó. —No hijo, lo que escuchaste fue el eco de tu voz. De tu boca salieron palabras feas y el eco te regresó palabras feas. Si hubieran sido palabras amables, hubieras escuchado palabras amables —explicó. Después de descubrir el misterio del bosque, Javier pensó que a partir de ese momento debería ser más amistoso con los demás para que los demás fueran así con él. ¿Y la mochila mochila…? Ésa siguió como siempre siempre. —Adaptación de un cuento tradicional español.

REFLEXIONA

  • ¿Piensas que Javier tenía mal carácter? ¿Las personas de mal carácter son siempre groseras?
  • ¿Crees que era un niño respetuoso o no?
  • ¿Te pareció justo que lo expulsaran de la escuela?
  • Si una persona es grosera contigo ¿tú también eres grosero con ella? ¿Por qué?

PROBLEMAS PARA PENSAR

Un mensaje para los padres Generalmente acostumbramos guardar las formas cuando convivimos con otras personas en algún espacio social, pero dentro de la casa o con la familia olvidamos o relajamos los criterios de urbanidad. Aunque sin duda la intimidad familiar debe ser un espacio confortable donde nos movamos con confianza, mantener un clima de cortesía y decencia facilita la convivencia y favorece el desarrollo de nuestros hijos. Enseñarles esos criterios es educarlos. Acciones a seguir 1. Comuníqueles las normas básicas para ir por la calle: caminar por el lado derecho de la acera, ofrecer el brazo a los ancianos, auxiliar a los discapacitados que hallemos en el camino, cruzar las calles respetando los semáforos y arrojar la basura en los contenedores disponibles. 2. Oriéntelos sobre la cortesía en el transporte público: Dejar salir antes de entrar, ceder el asiento a una mujer embarazada o a un anciano, no pegarse demasiado a las demás personas y pedirles el paso con amabilidad. 3. Ayúdelos a alternar bien en sociedad. Es básico que saluden a los demás, que se presenten a sí mismos y puedan presentar a una tercera persona. Enséñelos a ser puntuales para cada uno de sus compromisos. 4. Trabajen en las normas básicas a la hora de los alimentos: sentarse correctamente, comer bocados pequeños, usar los cubiertos, no hablar con la boca llena y pedir las cosas por favor. Un mensaje para los maestros Su tarea como educador no sólo consiste en aportar a los estudiantes conocimientos de cultura general, sino en proveerles una serie de enseñanzas extracurriculares que fomenten su desarrollo y bienestar, como las normas básicas de cortesía y urbanidad. El aula es un espacio excepcional para fomentarlas. Acciones a seguir 1. Solicite que acudan limpios y bien presentados a su clase, con las uñas cortadas y peinados. 2. Reprenda siempre con temperancia y dando una explicación, el uso del lenguaje soez. 3. Trate a los alumnos con la cortesía que usted espera de ellos. Permanezca atento a las faltas de respeto entre ellos. 4. Otorgue algún estímulo (por ejemplo, un punto extra en la calificación) al alumno que mantenga en mejor estado su mochila y útiles escolares.

LO QUE DICEN LOS LIBROS

Elogio de la urbanidad “La misión de formar a la niñez consta de muchas partes. La principal y la primera consiste en que los niños sean personas piadosas; la segunda, que amen las enseñanzas y las aprendan bien; la tercera, que se instruyan para los deberes y oficios de la vida; la cuarta, que ya desde el principio se acostumbren a la urbanidad y decencia en las maneras. El hombre entero debe estar bien compuesto en alma, en cuerpo, en acciones y en vestimenta. Pero principalmente a todos los niños les sienta bien la compostura. El ánimo bien compuesto del niño debe relucir por todos lados.” —Erasmo de Rotterdam, De la urbanidad en las maneras de los niños, 1537.

ACTIVIDADES

En estas páginas ya conociste cuál era el misterio de la voz en el bosque. Ya sabes cómo ser amable en tu próximo viaje por Turquía, Marruecos, Pakistán y Camboya y ya viste que algunos de tus ídolos deportivos necesitan leer el Manual de Carreño. Conociste, en fin, la importancia de los valores cortesía, urbanidad y decencia. Ahora tienes que apoderarte de ellos y vivirlos en cada una de tus actividades y en el trato con todas las personas que conoces.
  • Identifica las normas de urbanidad que hay en tu comunidad. ¿Cuáles te han enseñado tus padres? Pregúntales por qué les parecen importantes.
  • Trata de conversar con algún anciano que conozcas, pídele que comente las diferencias entre los modales de sus tiempos y los modales de hoy. ¿Crees que hemos mejorado?
  • Si vives en una comunidad rural trata de conocer qué modales tienen los habitantes de la ciudad. Si vives en la ciudad, indaga los modales de la gente del campo. Es interesante observar que los campesinos suelen ser mucho más amables y delicados que los citadinos. ¿Por qué?
Experiencias que valen Escribe qué aprendiste en este capítulo. ¿Qué te llamó más la atención? Escribe una experiencia que tuviste con los valores de cortesía, urbanidad y decencia después de leer este capítulo.