Acciones de Humildad

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La ruta de la humildad

Seguramente conoces personas que son incapaces de reconocer sus errores. Es posible que entre tus compañeros y compañeras haya algunos que pretenden tener siempre la razón, incluso cuando no es así. Por lo general, estos individuos no acostumbran disculparse ni admitir que se equivocaron. Casi siempre le echan la culpa a los demás o a las circunstancias. La humildad significa, entre otras cosas, aceptar nuestros errores y pedir perdón cuando es el caso. El problema es que esto requiere valor: no siempre es fácil decirle a alguien que actuamos de manera equivocada, que nos arrepentimos de haberlo hecho y que trataremos de que no vuelva a suceder. Hay quien piensa que decir todo esto es una debilidad. Sin embargo, se trata precisamente de lo contrario: es una muestra de fortaleza, valentía y seguridad en nosotros mismos. Significa que no tememos decir la verdad y que poseemos la madurez suficiente para rectificar el camino y seguir adelante.  

Valores en acción

• No temas aceptar tus errores y aprende de ellos. • Aprende a pedir disculpas. • Escucha y respeta los puntos de vista de los demás. • Evita juzgar a los otros basado en prejuicios, chismes o rumores.  

Padres con valor

Formar hijos seguros de sí mismos, chicos y chicas que se sientan orgullosos de lo que son y de lo que han logrado (o pueden lograr) es una de las tareas más importantes de los padres. Sin embargo, ¿dónde termina el orgullo personal y comienza la arrogancia y la fatuidad? El valor de la humildad supone un reconocimiento objetivo de lo que realmente somos y de lo que hemos hecho, sin caer en la presunción ni la altanería. Estas últimas actitudes, lejos de facilitar las interacciones sociales, provocan rechazo y dificultan que nuestros hijos se relacionen con otras personas. • Acostumbre a sus hijos, mediante el ejemplo, a tratar a toda la gente como sus iguales, sin menospreciar ni discriminar a nadie. • Enséñeles a cuidar de sus objetos personales y a evitar actitudes consumistas. • Construya un hogar en el que prive la gratitud por los bienes recibidos. • Cultive la humildad de los hijos asignándoles desde pequeños tareas en casa.  

Maestros con valor

La adolescencia es, como sabemos, un periodo de cambios durante el cual los chicos y las chicas suelen ser víctimas de complejos e inseguridades, los cuales acostumbran ocultar bajo la máscara de la altanería, la soberbia o la autosuficiencia. Frente a ello, la humildad (en el sentido moral del término) constituye un antídoto que contribuye a que las relaciones entre los adolescentes sean más armónicas y pacíficas. Ello en virtud de que la humildad supone aceptar al otro como un igual y reconocer las propias limitaciones. • Organice actividades en beneficio de su comunidad e invite al grupo a participar en ellas. • Evite la soberbia y el autoritarismo frente a sus estudiantes. Ejerza su autoridad sin arrogancia. • No olvide que el profesor también tiene cosas que aprender de los alumnos. • La humildad supone reconsiderar nuestras decisiones y cambiar de opinión cuando es necesario.  

Éste es el momento

  • Cuando alguien te critique de una manera respetuosa escucha con atención y piensa qué parte de esa crítica puedes aprovechar.
  • Procura ser siempre sencillo y accesible con los demás: no presumas de lo que tienes; no finjas o simules ser lo que no eres. Entre más auténtico seas, más ganarás el cariño de la gente.
  • Aprecia cada palabra y actitud de quienes te rodean. Cada persona, por sencilla que parezca, tiene algún conocimiento o facultad de los que tú careces.
  • Intégrate a un trabajo comunitario sencillo que vaya en contra de la idea común de orgullo. Por ejemplo, recoge basura en la calle.
 

Educando en la humildad

El hogar es el laboratorio para construir hombres y mujeres humildes, y los adultos responsables deben considerar esta tarea como una de sus misiones más importantes.  Formar una familia y mantenerla unida es un acto de amor y de compromiso, pero también un acuerdo práctico de ayuda mutua. En ese acuerdo es fundamental conocer y reconocer las limitaciones de sus integrantes, pero también las propias, y trabajar juntos para superarlas en un modelo vertical que elimine la ofensa, el desprecio y el autoritarismo. Deben evitarse las críticas de un miembro frente a los otros, las comparaciones que busquen devaluar, pero también los elogios desmedidos o fuera de lugar. En ese proceso, adultos y mayores aprenderemos que tenemos ciertas capacidades y carecemos de otras, pero que estamos juntos en un esfuerzo común en el que resulta indispensable reafirmar a los otros miembros en lo que realmente valen.  

Escuela de valores

La escuela ha de ser un centro educativo para la humildad, y el maestro un guía firme en esa misión con estrategias sencillas y un ejemplo permanente. En la superficie no resulta tan claro, pero la labor que usted realiza con sus alumnos es, entre otras cosas, un ejercicio de humildad para ambas partes. La presencia de cada uno en el aula contiene un reconocimiento tácito de todo aquello que no saben o pueden. La presencia de usted responde a la necesidad de tener un empleo. Aceptarlo con alegría puede infundir nueva vida al trabajo en el aula.
  • Evite elogiar o criticar desmedidamente a cualquiera de los chicos. Entienda mejor el potencial de cada uno.
  • Evite poner a alguno como ejemplo positivo o negativo. Hágales entender que lo importante de cada uno es sacar el máximo potencial de sus facultades.
  • Mantenga su papel de autoridad (siempre conviene por razones prácticas), pero renuncie a cualquier idea de superioridad. ¿Se ha puesto a pensar en todo lo que usted no sabe?
  • Aprenda de ellos: escuche sus experiencias, anécdotas y vivencias. Una perspectiva distinta enriquece y alecciona.

Con ganas de triunfar

  • Selecciona a un personaje de tu comunidad a quien no concedes mayor importancia y descubre cuáles son sus ventajas y atributos positivos.
  • Distingue cuáles son tus propias cualidades y aprovéchalas pero nunca presumas de ellas. Siempre habrá alguien que haga las cosas mejor que tú.
  • Ser humilde no significa permitir que te humillen. Sirve y ayuda a los otros siempre y cuando se mantengan claros los límites que exige el respeto.
  • Separa aquellos valores que son propios de las personas, como los que tratamos en este libro, y distínguelos de “valores inventados” como la ropa que usan o la posición social que ocupan. Los primeros son los que importan.

Palabras para las familias

La familia y el ámbito doméstico ofrecen el campo ideal para el entrenamiento en el valor de la humildad. Gracias a ustedes los chicos pueden alcanzar la meta.
  • Evite exaltar el bienestar económico, propio o de los demás, como marca del éxito. Promueva una idea de éxito consistente en alcanzar logros perdurables y sencillos, como la armonía familiar.
  • No señale en forma agresiva o burlona las desventajas o defectos de algún miembro de la familia. Trabajen en conjunto para corregirlos.
  • Estimule a sus hijos con un reconocimiento explícito por sus logros. Manténgalo en un nivel sensato para evitar que se sientan por encima de los demás.
  • Evite las actitudes prepotentes en la convivencia diaria. Sus hijos deben verlo defender sus puntos de vista, pero jamás humillar o someter a los demás.
 

Palabras para los docentes

La escuela es el espacio más adecuado para fortalecer las competencias relacionas con el valor de la humildad y ustedes, los mejores entrenadores técnicos para chicos de “alto rendimiento”.
  • Genere con ellos una actitud de confianza que permita a cada uno reconocer sus defectos y ventajas, en comparación con los demás.
  • Evite señalar a alguno de los educandos como el “mal ejemplo” o el “buen ejemplo” del salón, pues podría incitar a los demás al acoso.
  • Detecte y rechace cualquier actitud infantil basada en la prepotencia que algunos padres inculcan en el hogar por su fuerza física, su posición social o sus propiedades.
  • Contribuya a construir una comunidad escolar armónica en la que exista un esquema horizontal de autoridad y se reconozca el valor de todos los actores (desde el señor que barre la banqueta hasta la directora) en la experiencia educativa.

Problemas para pensar

  • Acepta quien eres. Reflexiona sobre quién eres, cómo vives, de dónde vienes y cómo es tu conducta, incluyendo las acciones buenas y malas. Pega una fotografía tuya en una hoja y haz una lista con dos encabezados: “Lo que me gusta de mí.” / “Lo que no me gusta de mí.” En otra lista (“Mis problemas”) anota tus principales dificultades.
  • Reconoce que no eres el centro del mundo. Piensa en los demás y lo que les pasa. Toma una foto de las dos personas más cercanas a ti, pégala en una hoja y escribe debajo de ella: “Lo que me gusta de…” / “Lo que no me gusta de…” En otra lista (“Los problemas de…”) anota sus mayores dificultades (que tú debes identificar).
  • Ama a los demás. Expresa tu amor con hechos. Piensa en tus virtudes (“Lo que me gusta de mí”) y, debajo de las fotos de las dos personas del punto anterior, escribe cómo usarlas para ayudarlas en sus problemas. Entrégales la hoja, conversen un rato y pide después que te auxilien para corregir lo que anotaste en “Lo que no me gusta de mí” y en “Mis problemas”.
 

Un laboratorio para la sencillez

La vida tiene varias complicaciones; el mejor secreto para resolverlas es actuar y pensar con sencillez: ? Revisa las cosas que te preocupan y descarta las que no valen la pena. ? Haz una lista ordenada de tus problemas y avanza del más importante al menos importante. ? Trata de ver con claridad lo que te rodea. No dejes que nadie te confunda. ? Actúa siempre con sinceridad y frescura, no trates de simular lo que no eres. ? No sigas las modas o costumbres ajenas. Aprecia tus propios valores. ? Cuando sea necesario, reconoce tus debilidades con sinceridad. Que no te pese decir: “no sé” o “no puedo”. ? Minimiza los defectos de los demás y nunca te burles de ellos. ? Cuando tengas algún logro, no lo presumas; espera el reconocimiento de los demás, pero no busques los halagos o aplausos.