Cuentos

El Espinazo del Diablo: cuento de prudencia

 

El Espinazo del Diablo

El señor Mario vivía en Mazatlán y trabajaba como chofer de autobús. Varias veces a la semana conducía por la carretera federal número 40 rumbo a la ciudad de Durango, donde pasaba la noche. Al día siguiente realizaba el mismo recorrido para regresar a Mazatlán. Por las mañanas, antes de que los pasajeros abordaran a Chachita, que es como había bautizado a su vehículo, verificaba los frenos, la presión de las llantas, el nivel del aceite y las luces. Además se aseguraba de que las ventanillas, los asientos y el baño estuvieran limpios. Tras la inspección, le daba una cariñosa palmadita al tablero de su autobús y le decía: “¡Estamos listos, Chachita!”.

La ruta seguida por el señor Mario incluía un tramo de varios kilómetros que atraviesa la Sierra Madre Occidental y que es conocido como El Espinazo del Diablo. Se trata de una región montañosa desde la cual pueden apreciarse sorprendentes vistas. La carretera se abre paso entre bosques de pinos, desfiladeros y barrancas. Conducir por allí es muy peligroso: las curvas son bastante pronunciadas y el camino es estrecho. Una nublada mañana de agosto, el señor Mario transitaba como de costumbre por El Espinazo del Diablo. Iba muy concentrado. Algunos pasajeros conversaban; otros miraban el paisaje o dormían. Poco a poco la niebla comenzó cubrir el bosque y, hacia el mediodía, finas gotas de lluvia cayeron sobre el parabrisas, obligando al chofer a encender los faros y los limpiadores.

El señor Mario no se preocupó, pues en esa época del año tales fenómenos atmosféricos son comunes. Sin embargo, una hora después, la niebla se había transformado en una sustancia lechosa que impedía ver con claridad la carretera. Por su parte, la lluvia arreció hasta convertirse en una tormenta acompañada de fuertes ráfagas de viento. El señor Mario consideró que no era prudente continuar. “Ni modo, Chachita. Tendremos que volver”, le dijo a su autobús. Luego les informó lo mismo a los pasajeros, quienes recibieron la noticia con desagrado. “¡De ninguna manera!”, protestó un caballero de traje. “Debo realizar un negocio importantísimo en Durango.”

El señor Mario le explicó lo peligroso que resultaba circular con ese clima, que lo mejor era regresar a Mazatlán. “Le ofrezco dos mil pesos si me lleva”, ofreció el caballero. Entonces una señora de vestido floreado se puso de pie y dijo: “¡Yo le doy tres mil! Hoy se casa mi hermana Jovita y no puedo faltar a su boda”. ¡Cuatro mil pesos! Con esa cantidad el señor Mario podría completar para comprarle a su hijo la computadora que le había prometido. “Bueno, creo que si conduzco con cuidado y a baja velocidad no sucederá nada”, pensó. Pero entonces recordó la enorme cantidad de accidentes ocurridos en El Espinazo del Diablo.

A cada rato los periódicos informaban de autobuses, camiones de carga y autos particulares que caían por los barrancos, los cuales eran tan profundos que poca gente lograba sobrevivir. Esto hizo que un escalofrío le recorriera la espalda. Se dio cuenta de que no podía poner en peligro la vida de sus pasajeros; ningún dinero valía el riesgo. Así pues, no lo pensó más y, sin importarle las protestas del caballero de traje, de la señora del vestido floreado y del resto de los pasajeros, tomó el siguiente retorno. “Lo siento”, dijo. “Yo los llevaría con mucho gusto, pero Chachita es muy terca y nomás no quiere seguir.”  

¿Y tú qué piensas…?

• ¿Por qué don Mario revisaba siempre con tanto cuidado su autobús antes de partir?

• ¿Te parece razonable la insistencia de los pasajeros que querían seguir a pesar de la niebla?

• ¿Qué hubieras hecho en el lugar de don Mario?

• ¿Te parece bien que este chofer haya rechazado el dinero que le ofrecían para llegar a Durango?