Cuentos

Las campanas de la discordia: cuento de paz

Al final del cuento hay una serie de preguntas para conversar con los pequeños.

Cuento de paz

Hace más de dos siglos, cuando la gente aún viajaba en carruajes y se iluminaba con velas, vivían en una próspera población del norte de México dos hombres muy ricos que se odiaban entre sí. Don Antonio de la Llata no podía ver ni en pintura a don Gonzalo de la Fontana, y don Gonzalo de la Fontana no quería ni oír hablar de don Antonio de la Llata. Los habitantes del lugar ignoraban las razones de dicha enemistad, la cual duraba ya mucho tiempo. Algunos aseguraban que todo comenzó en su juventud, cuando uno de ellos le robó la novia al otro.

Pero también había quienes afirmaban que, en realidad, se trató de un asunto de dinero. Sea cual fuere el motivo, lo cierto es que existía una gran rivalidad entre estos dos sujetos, la cual los llevaba a enfrentarse continuamente. Cuando uno emprendía un negocio, el otro hacía todo lo posible para arruinárselo, cuando uno compraba una propiedad el otro adquiría una más grande. Este antagonismo se extendía a sus respectivas familias. Si los parientes de don Antonio organizaban un baile o un banquete, los de don Gonzalo no estaban invitados y viceversa. Además, cada familia asistía a misa en horarios diferentes, ocupaba los palcos más alejados en el teatro y si la esposa del señor De la Llata se topaba en la calle con la del señor De la Fontana, cambiaba de banqueta para no saludarla.

Cierto día, un terremoto sacudió a la ciudad. Como resultado de ello las dos torres de la catedral se vinieron abajo. Al enterarse de la tragedia, don Antonio anunció que él aportaría el oro necesario para pagar la reconstrucción. Todos elogiaron su generosidad. Don Gonzalo se llenó de envidia y no quiso  quedarse atrás. Por eso, cuando la obra quedó terminada, informó que él acababa de comprar en la capital dos brillantes campanas de bronce para la catedral, pues las originales habían quedado inservibles. Esto le ganó la simpatía de la gente. Sin embargo, resultó que las nuevas campanas eran demasiado grandes y, por lo tanto, no cabían en las torres recién erigidas, así que a don Gonzalo se le hizo fácil derrumbarlas y ordenar que construyeran otras a su gusto. Al enterarse, el señor De la Llata se puso furioso y trajo de Europa unas lujosas campanas para sustituir las que había puesto su rival. Y como éstas eran aún más grandes que las anteriores, tampoco cabían en las nuevas torres. Por ello mandó que las tiraran y pagó para que erigieran otras a la medida. Como es de suponerse, su enemigo hizo lo mismo.

Ambos sujetos emprendieron así una verdadera batalla: cada uno tiraba y reconstruía las torres de aquella iglesia (la cual lucía cada vez más desproporcionada) para alojar en su interior campanas más y más grandes. Ni los ruegos del párroco, quien no podía oficiar misa, ni la súplica de los ciudadanos, hartos de esta rivalidad, lograron detener el absurdo enfrentamiento. Pasó el tiempo y, a fuerza de comprar campanas y pagar albañiles para que demolieran y volvieran a levantar las torres, ambos individuos terminaron arruinándose. Así, don Antonio de la Llata y don Gonzalo de la Fontana cayeron en la pobreza y se vieron obligados a retirarse a sus respectivas haciendas en cuyos prados, en vez de ovejas y vacas pastando, se podían ver numerosas campanas abandonadas y silenciosas.

 

¿y tú qué piensas...?

• ¿Qué opinas de la enemistad que existía entre don Antonio y don Gonzalo?
• ¿Crees que les hubiera ido mejor si en lugar de pelearse hubieran vivido en paz?
• ¿Cuál pudo ser el origen del odio que sentían entre sí estos dos hombres?
• ¿Conoces personas que se detesten tanto como los personajes de este cuento?
 

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