Cuento de la semana

Justicia

“La justicia no espera ningún premio. Se la acepta por ella misma. Y de igual manera son todas las virtudes.”

Cicerón

Escritor, orador y político romano (106 a. C.-43 a. C.)

Las historias de don Aureliano

  • La gente de Santo Domingo Ixcatlán, un municipio del estado de Oaxaca, aún habla de don Aureliano, un hombre muy sabio que habitaba en lo alto del cerro conocido como Yatanyiqui. Allí vivía con su mujer criando gallinas y puercos. Algunos dicen que don Aureliano nunca existió, que es sólo un personaje inventado por los pobladores, que sus aventuras proceden de la imaginación de la gente. Sin embargo, otros aseguran que realmente tenía su casita de adobe en el cerro y que si bien no todo lo que se dice de él es verdad (por ejemplo, que era capaz de hablar con los armadillos y las tortolitas), hay muchas cosas ciertas. Por ejemplo, casi todos están de acuerdo en que era un gran juez, alguien capaz de solucionar los desacuerdos y conflictos de los vecinos.

    Los habitantes de los alrededores solían ir a verlo para pedirle consejo o resolver alguna desavenencia. Y aunque nunca tuvo un puesto oficial, todos obedecían sus decisiones y aceptaban sus fallos, pues siempre eran justos. Él no aceptaba dinero a cambio de sus servicios; prefería que le pagaran con una cazuela de mole colorado, un ave de corral o un huipil para su esposa Susana. Cuentan que, en cierta ocasión, un hombre fue a verlo para que le aconsejara. Le explicó que, días antes, le había prestado un peso de plata a un pariente suyo, quien ahora se negaba a pagarle. El problema era que no existía ningún testigo del préstamo y el pariente aseguraba que él nunca le había dado esa moneda.

  • —¿Qué hago? ¿Cómo recupero mi dinero? —preguntó el hombre.

    Don Aureliano guardó silencio y, tras pensarlo un momento, dijo:

    —Es muy fácil. Ve a ver a ese pariente tuyo en compañía de otros miembros de tu familia y pídele, que, por favor, te devuelva los diez pesos de plata que le prestaste.

    —Pero si yo sólo le presté un peso —replicó el sujeto.

    —Pue eso es exactamente lo que te va a decir él, que sólo le prestaste un peso. Pero como lo hará delante de tus familiares, habrá admitido que le hiciste el préstamo.

  • En otra ocasión lo visitaron dos hombres, uno de ellos era ciego y estaba muy enojado. Acusaba al otro de ser responsable de su ceguera. El primero dijo que padecía una enfermedad en los ojos y que, por ese motivo, había ido a ver a un médico. Pero como el precio de la consulta le pareció muy alto, prefirió visitar a un veterinario. Dicho veterinario era precisamente el hombre que lo acompañaba.

    —Este tipo me puso unas gotas en los ojos que, en lugar de curarme, hicieron que perdiera la vista. ¡Exijo que me pague una indemnización!

    Don Aureliano miró entonces al veterinario y le preguntó qué tenía que decir en su defensa. Quiso saber por qué había aceptado tratar a ese hombre pese a no ser médico de humanos. El sujeto, quien hasta entonces no había dicho nada, explicó:

  • —Yo uso esas gotas para curar burros y siempre funcionan. ¿Por qué iba a usar una medicina distinta con este burro en particular?

    —¡Yo no soy ningún burro! —protestó el otro, amenazándolo con su bastón.

    —Claro que lo es —intervino don Aure- liano—. Los burros van al veterinario y los seres humanos van al médico. Usted se preocupó más por su dinero que por su salud. Eso lo convierte en un burro.

    Tras decir esto, dio su veredicto: declaró que el veterinario no era culpable y, por lo tanto, no le debía ninguna indemnización al ciego.

  • ¿Y tú qué piensas...?

    ¿Crees que estaba bien que don Aureliano no aceptara dinero a cambio de sus servicios?

    ¿Consideras que don Aureliano era un buen juez?

    ¿Qué hubieras hecho tú en el caso del ciego y el veterinario?

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Dar a cada quien lo que le corresponde

La justicia es necesaria para vivir en armonía. Sin ella, la convivencia entre las personas sería imposible. Este valor garantiza que cada uno obtenga lo que le corresponde, consiga lo que se merece y coseche lo que ha sembrado (bueno o malo). Si un alumno estudia para un examen, está bien que le den una buena calificación. Si un atleta llega en primer lugar durante una carrera, le corresponde la medalla de oro. Si se demuestra que un ciudadano cometió un delito, debe recibir una sanción. Si alguien es amable y considerado con sus vecinos, lo más probable es que sea tratado con la misma amabilidad y consideración por ellos.

Ser justo significa respetar los derechos de los demás y esforzarse para que respeten los nuestros. Las personas que practican este valor no abusan ni se aprovechan de sus semejantes, pero tampoco permiten que los demás atropellen sus derechos. Si yo no molesto, ni engaño, ni golpeo a los demás, no tengo por qué permitir que me molesten, engañen o golpeen. Respetar y ser respetado; de esto se trata este valor.

Las leyes, las normas y los códigos existen para garantizar que la justicia se cumpla. Pero, no es necesario que haya un reglamento para que se manifieste justicia. Hay reglas que no están escritas en ningún lado y que, sin embargo, casi todos obedecemos.

Cuando le cedemos el asiento a una persona mayor, hacemos fila ante la taquilla del cine o esperamos nuestro turno en la caja del supermercado estamos siguiendo una norma que no está escrita, pero que a todos nos parece correcta. La justicia es una creación humana. Los animales y la naturaleza en general no son justos ni injustos. En los terremotos, los sunamis o las pandemias no se aplica este valor. Solamente podemos usarlo cuando hablamos de las decisiones y acciones de las personas. No es injusto que tu perro te haya mordido (en todo caso, es tu culpa por no haberlo educado bien), pero sí es injusto que lo castigues por un hecho del que no tiene conciencia. Por otro lado, este valor es aplicable a todos los ciudadanos, sin importar su raza, credo o nacionalidad. Discriminar a alguien por ser indígena, por carecer de estudios, por tener una discapacidad, por ser mujer o por ser un adulto mayor es actuar en contra de este valor.

¿Y tú qué piensas...?

¿Cómo te imaginas que sería el mundo si no existiera la justicia?

¿Consideras que alguna vez te han tratado injustamente?

¿Crees que México es un país donde se aplica la justicia?

Sócrates el justo

Una de las grandes injusticias de la Antigüedad fue la que cometió la ciudad de Atenas contra el filósofo Sócrates. Este hombre, uno de los más grandes sabios que han existido, dedicó su vida no sólo a reflexionar en los grandes problemas de la humanidad (la vida, la muerte, el sentido de la existencia, etcétera), sino también a enseñarles a sus cociudadanos a pensar de una manera más clara y sin prejuicios. Sin embargo, en lugar de agradecérselo, las autoridades lo acusaron de corromper a la juventud con sus ideas y fue condenado a beber veneno. Sócrates enfrentó su destino con valor. Poco antes de morir dijo: “Es peor cometer una injusticia que padecerla porque quien la comete se convierte en injusto y quien la padece no”. Hoy lo recordamos por sus Diálogos, los cuales fueron redactados por su alumno Platón.

La justicia es necesaria para vivir en armonía. Sin ella, la convivencia entre las personas sería imposible. Este valor garantiza que cada uno obtenga lo que le corresponde, consiga lo que se merece y coseche lo que ha sembrado (bueno o malo). Si un alumno estudia para un examen, está bien que le den una buena calificación. Si un atleta llega en primer lugar durante una carrera, le corresponde la medalla de oro. Si se demuestra que un ciudadano cometió un delito, debe recibir una sanción. Si alguien es amable y considerado con sus vecinos, lo más probable es que sea tratado con la misma amabilidad y consideración por ellos.

Ser justo significa respetar los derechos de los demás y esforzarse para que respeten los nuestros. Las personas que practican este valor no abusan ni se aprovechan de sus semejantes, pero tampoco permiten que los demás atropellen sus derechos. Si yo no molesto, ni engaño, ni golpeo a los demás, no tengo por qué permitir que me molesten, engañen o golpeen. Respetar y ser respetado; de esto se trata este valor.

Las leyes, las normas y los códigos existen para garantizar que la justicia se cumpla. Pero, no es necesario que haya un reglamento para que se manifieste justicia. Hay reglas que no están escritas en ningún lado y que, sin embargo, casi todos obedecemos. Cuando le cedemos el asiento a una persona mayor, hacemos fila ante la taquilla del cine o esperamos nuestro turno en la caja del supermercado estamos siguiendo una norma que no está escrita, pero que a todos nos parece correcta. La justicia es una creación humana. Los animales y la naturaleza en general no son justos ni injustos. En los terremotos, los sunamis o las pandemias no se aplica este valor. Solamente podemos usarlo cuando hablamos de las decisiones y acciones de las personas. No es injusto que tu perro te haya mordido (en todo caso, es tu culpa por no haberlo educado bien), pero sí es injusto que lo castigues por un hecho del que no tiene conciencia. Por otro lado, este valor es aplicable a todos los ciudadanos, sin importar su raza, credo o nacionalidad. Discriminar a alguien por ser indígena, por carecer de estudios, por tener una discapacidad, por ser mujer o por ser un adulto mayor es actuar en contra de este valor.

Una de las grandes injusticias de la Antigüedad fue la que cometió la ciudad de Atenas contra el filósofo Sócrates. Este hombre, uno de los más grandes sabios que han existido, dedicó su vida no sólo a reflexionar en los grandes problemas de la humanidad (la vida, la muerte, el sentido de la existencia, etcétera), sino también a enseñarles a sus cociudadanos a pensar de una manera más clara y sin prejuicios. Sin embargo, en lugar de agradecérselo, las autoridades lo acusaron de corromper a la juventud con sus ideas y fue condenado a beber veneno. Sócrates enfrentó su destino con valor. Poco antes de morir dijo: “Es peor cometer una injusticia que padecerla porque quien la comete se convierte en injusto y quien la padece no”. Hoy lo recordamos por sus Diálogos, los cuales fueron redactados por su alumno Platón.

  • Está en tus manos

    ¿Has oído alguna vez el dicho “El buen juez por su casa empieza”? ¿Sabes lo que significa? Quiere decir que, antes de juzgar a los demás, es necesario mirarnos a nosotros mismos y preguntarnos si la manera en la que tratamos a nuestros semejantes es la mejor. Dicho en otras palabras, antes de criticar la conducta de quienes nos rodean y de quejarnos de las injusticias del mundo, es importante pensar en la manera en la que solemos hablar y actuar cuando estamos en casa o en la escuela. ¿Somos considerados con nuestros hermanos y compañeros? ¿Nos comportamos con generosidad y cortesía o, por el contrario, somos egoístas, groseros o abusivos? Los seres humanos no somos perfectos y, muchas veces, no nos comportamos como debiéramos. Sin embargo, todos podemos esforzarnos por ser mejores individuos. Una manera de hacerlo es practicando el valor de la justicia.

  • También los mayores

    La vida diaria nos ofrece infinidad de oportunidades para enseñarles a nuestros hijos el valor de la justicia. Se trata de situaciones cotidianas que generalmente ocurren en el marco de la vida familiar e involucran conceptos tales como equidad, imparcialidad, responsabilidad, respeto al prójimo, merecimiento, derecho y legalidad. No pierda la oportunidad de aprovechar estas situaciones cotidianas para que los pequeños comiencen a entender la importancia de este valor. Por ejemplo, es muy común que los chicos y las chicas se comporten de manera desconsiderada con sus hermanos menores. En tales casos, en lugar de regañarlos o castigarlos, es más provechoso conversar con ellos y hacerles ver lo inadecuado y reprobable de su conducta.