Cuento de la semana

Perdón

“Con el tiempo aprendes que disculpar cualquiera lo hace, pero perdonar es sólo de almas grandes.”

Jorge Luis Borges

Novelista estadounidense (1924-2003)

El invento del tío Evaristo

  • Mi tío Evaristo es un gran inventor. En el taller de su casa están todas las cosas que ha creado y con las cuales piensa hacerse rico algún día. Entre estas cosas están: un hueso artificial para perros que nunca se acaba ni pierde su sabor, un cepillo de dientes musical para que uno no se aburra mientras lo usa y una alcancía con forma de cocodrilo que muerde a quien intenta sacar el dinero antes de que esté llena. El otro día fui a su casa y entré a su taller. Estaba muy contento.

    —¡Hola, sobrina! —dijo en cuanto me vio—. Llegas a tiempo para conocer mi más reciente, maravilloso, sorprendente y fantástico invento. Además, como te has portado muy bien, tú tendrás el honor de probarlo.

    Entonces fue hasta su mesa de trabajo y tomó un extraño aparato. Tenía eltamaño y la forma de una caja de cereales y contaba con dos correas, como si fuera una mochila.

  • —¿Para qué sirve? —le pregunté.

    —Ya lo verás por ti misma —respondió mientras me ayudaba a colocármelo en la espalda.

    El invento tenía unos audífonos que mi tío me puso en los oídos y una especie de pistola espacial con un micrófono en la punta. —¿Y ahora qué hago? —quise saber.

    —Sal al jardín. Tú misma lo descubrirás —dijo él después de encender el aparato.

    Estuve dando vueltas entre las plantas durante varios minutos, pero no ocurrió nada. Entonces se me ocurrió apuntar el micrófono a un perro que estaba ladrando tras la reja de la casa vecina. Escuché lo siguiente: “¡No se acerquen! ¡Aléjense todos! ¡Esta casa la cuido yo!”. Muy sorprendida, fui al otro extremo del jardín y le apunté a un gato que maullaba ante la puerta de otra casa. Lo que oí fue esto:

  • “¡Ya regresé, esclavos humanos! ¡Ábranme la puerta!”. No lo podía creer. ¡Mi tío había inventado una máquina para entender el lenguaje de los animales! Llena de curiosidad, levanté el micrófono y lo dirigí a la copa de un árbol. El siguiente diálogo llegó a mis oídos a través de los audífonos:

    —¡Ya deja de molestarme, hermano!

    —No te estoy haciendo nada. Lo que pasa es que eres un cobarde.

    —No es cierto.

    —Claro que sí. No te atreves a acercarte al borde y a mirar hacia abajo. ¡Tienes mieeedo, tienes mieeedo!

    —Claro que no. Mira cómo me acerco a... ¡Ay!

  • En ese momento vi caer del árbol a un pajarito. Era un pequeñuelo que aún no tenía plumas. Por suerte cayó sobre unas hojas y no se hizo daño. Rápidamente llamé a mi tío, quien regresó al pajarito a su nido con la ayuda de una escalera. Volví a apuntar con el micrófono al nido y escuché:

    —Eres malo. Tú me empujaste para que me cayera.

    —Era una broma. No quería hacerte daño. Por favor, perdóname.

    —No te perdono. Te voy a acusar con mis papás cuando regresen.

    Durante un buen rato, el pajarito estuvo disculpándose. Prometió no volver a hacer algo así. Su voz sonaba sincera. El otro guardaba silencio. De seguro estaba furioso. Pasados unos momentos oí esto:

    —Está bien, te perdono, Fabricio... Pero prométeme que no lo volverás a hacer. —¡Prometido!

  • Entonces, mientras los escuchaba, pensé en Martín, mi hermano menor. Hace dos días se puso a jugar con mi tablet y la estrelló contra el suelo. Se hizo pedazos. Él juraba que no lo había hecho a propósito, pero eso no me importó. Me enojé mucho con él y desde entonces no le hablaba. Varias veces se disculpó y prometió que ahorraría el dinero que le daban mis papás para comprarme una nueva.

    Entonces comprendí que, si un pajarito había sido capaz de perdonar a su hermano, yo también podía perdonar a Mauricio. Aún estaba enojada con él, pero me di cuenta de que él no lo había hecho adrede.

    Regresé con mi tío y le dije que su aparato era realmente maravilloso y lo felicité por ser tan buen inventor. Luego regresé corriendo a casa. Quería decirle a Martín que lo perdonaba. También le diría que tuviera más cuidado la próxima vez.

  • ¿Y tú qué piensas...?

    ¿Crees que eran sinceras las disculpas del pajarito por su broma? ¿Tú lo hubieras perdonado?

    ¿Alguna vez alguien se ha disculpado contigo por algo malo que te hizo?

    ¿Qué crees que sea más difícil: pedir perdón o perdonar a alguien que te ha hecho algún daño?

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La fuerza del perdón

Hay veces que la armonía y la paz se rompen. Existen muchos casos de hermanos o de primos que no se vuelven a hablar después de una discusión, de amigos que se dan la espalda tras una pelea y de familias enteras que se distancian para siempre debido a algún problema entre sus miembros. También están los pueblos que, a lo largo de la historia, han entrado en guerra con sus vecinos por distintos motivos. Algunas veces, las razones que separan y enfrentan a las personas y a las naciones son realmente graves; en otros casos se trata de cosas sin importancia que, sin embargo, son suficientes para provocar discordia y enfrentamientos.

El valor del perdón es muy importante para recuperar la paz y volver a tender lazos de amor, comprensión y entendimiento con los demás. Solamente cuando perdonamos podemos restaurar la concordia, dejar atrás el odio, los deseos de venganza y todos los demás sentimientos negativos que envenenan nuestra relación con la familia, amigos, compañeros y vecinos. Cuando las naciones alcanzan el perdón, pueden acercarse nuevamente para desarrollarse y crecer juntas.

Pero ¿qué significa realmente el perdón? ¿Por qué es tan difícil conseguirlo? Hay quien piensa que perdonar significa ignorar lo que sucedió, hacer como si no hubiera pasado nada. Cuando alguien nos insulta, nos engaña o nos traiciona no podemos simplemente decir que eso no ocurrió. Hay hechos que sucedieron y que no se borran simplemente con una disculpa. En el caso de la justicia, hay delitos que deben ser castigados. El perdón no significa que nos olvidamos del pasado, sino que tratamos de que las cosas malas del pasado no nos impidan aceptar a los otros y volver a acercarnos a ellos porque, a fin de cuentas, es mejor vivir sin odios ni resentimientos. Las personas que no saben o no quieren perdonar están condenadas a vivir enojadas y tristes. En este mismo sentido, quienes no saben o no quieren pedir perdón llevarán una existencia llena de amargura y soledad.

¿Y tú qué piensas...?

¿Acostumbras a disculparte con los demás cuando haces o dices algo que los ofende?

Si una persona te trata mal y luego se disculpa, ¿sueles perdonarla?

¿Consideras que México sería un mejor país si nos perdonáramos con más frecuencia?

Canadá pide perdón

A veces, algunos gobernantes piden perdón públicamente en nombre de su país por alguna injusticia o atrocidad cometida por dicha nación en el pasado. Un buen ejemplo de ello ocurrió el 7 de noviembre de 2018, cuando el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, se disculpó ante la comunidad judía por un hecho ocurrido en 1939. Ese año, el gobierno canadiense rechazó un barco de refugiados judíos que llegó hasta las costas de esa nación para huir de la persecución de que eran objeto en Alemania, la cual era gobernada en aquel entonces por Adolf Hitler. “Nos disculpamos con las madres y los padres de aquellos niños que no salvamos, con las hijas y los hijos a cuyos padres no ayudamos”, dijo Trudeau visiblemente emocionado.

Hay veces que la armonía y la paz se rompen. Existen muchos casos de hermanos o de primos que no se vuelven a hablar después de una discusión, de amigos que se dan la espalda tras una pelea y de familias enteras que se distancian para siempre debido a algún problema entre sus miembros. También están los pueblos que, a lo largo de la historia, han entrado en guerra con sus vecinos por distintos motivos. Algunas veces, las razones que separan y enfrentan a las personas y a las naciones son realmente graves; en otros casos se trata de cosas sin importancia que, sin embargo, son suficientes para provocar discordia y enfrentamientos.

El valor del perdón es muy importante para recuperar la paz y volver a tender lazos de amor, comprensión y entendimiento con los demás. Solamente cuando perdonamos podemos restaurar la concordia, dejar atrás el odio, los deseos de venganza y todos los demás sentimientos negativos que envenenan nuestra relación con la familia, amigos, compañeros y vecinos. Cuando las naciones alcanzan el perdón, pueden acercarse nuevamente para desarrollarse y crecer juntas.

Pero ¿qué significa realmente el perdón? ¿Por qué es tan difícil conseguirlo? Hay quien piensa que perdonar significa ignorar lo que sucedió, hacer como si no hubiera pasado nada. Cuando alguien nos insulta, nos engaña o nos traiciona no podemos simplemente decir que eso no ocurrió. Hay hechos que sucedieron y que no se borran simplemente con una disculpa. En el caso de la justicia, hay delitos que deben ser castigados. El perdón no significa que nos olvidamos del pasado, sino que tratamos de que las cosas malas del pasado no nos impidan aceptar a los otros y volver a acercarnos a ellos porque, a fin de cuentas, es mejor vivir sin odios ni resentimientos. Las personas que no saben o no quieren perdonar están condenadas a vivir enojadas y tristes. En este mismo sentido, quienes no saben o no quieren pedir perdón llevarán una existencia llena de amargura y soledad.

A veces, algunos gobernantes piden perdón públicamente en nombre de su país por alguna injusticia o atrocidad cometida por dicha nación en el pasado. Un buen ejemplo de ello ocurrió el 7 de noviembre de 2018, cuando el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, se disculpó ante la comunidad judía por un hecho ocurrido en 1939. Ese año, el gobierno canadiense rechazó un barco de refugiados judíos que llegó hasta las costas de esa nación para huir de la persecución de que eran objeto en Alemania, la cual era gobernada en aquel entonces por Adolf Hitler. “Nos disculpamos con las madres y los padres de aquellos niños que no salvamos, con las hijas y los hijos a cuyos padres no ayudamos”, dijo Trudeau visiblemente emocionado.

  • Está en tus manos

    En ocasiones estamos tan enojados con la persona que nos ha ofendido o nos ha tratado mal que no somos capaces de perdonarla, aunque sus disculpas sean sinceras. También ocurre que, a veces, estamos tan apenados por lo que hicimos o tan seguros de que teníamos razón al actuar así (aunque no sea cierto) que no somos capaces de pedir perdón. Ambas situaciones son muy comunes. Perdonar a alguien u ofrecer disculpas sinceras a otra persona no siempre es fácil. Se necesita valor, humildad y comprensión. Sin embargo, es algo que vale la pena hacer. Imagina que vivieras en un país donde nadie perdonara ni se disculpara por nada. Sin duda sería un lugar poco agradable para vivir. No pierdas la oportunidad de disculparte cuando hayas actuado mal. Y si un amigo te ha lastimado y no se disculpa, quizá no es realmente tu amigo.

  • También los mayores

    Los padres nos esforzamos para formar hijos e hijas valientes. Todos queremos que adquieran confianza en sí mismos y que sean capaces de abrirse camino en el mundo. Con esta idea en mente les enseñamos a no dejarse avasallar por lo demás, a evitar que los otros se aprovechen de ellos. Esto está muy bien, pues la vida suele ser dura. Sin embargo, con frecuencia olvidamos que, junto con el valor y la autoconfianza, debemos mostrarles también la importancia del perdón. Saber perdonar y pedir perdón a nuestros semejantes no contradice el valor individual ni menoscaba el orgullo personal. Por el contrario, alguien que es capaz de disculparse y de aceptar disculpas es una persona más íntegra y con mayores posibilidades de convertirse en un ciudadano digno de ese nombre. Enseñemos a los niños y jóvenes que el valor del perdón no es una debilidad, sino algo que nos vuelve mejores y nos permite vivir de manera más feliz y plena.