¡Más rápido, más alto, más fuerte!
Los Juegos Olímpicos dependen, básicamente, de la confianza. Este valor se expresa, en primer lugar, en la trayectoria de cada deportista participante. Los sicólogos del deporte nos explican que los atletas que toman parte en ellos están seguros de sí mismos y confían en que harán un papel extraordinario en las competencias de su especialidad. Antes, durante y después éstas identifican todos sus sentimientos negativos, como la desesperación, la tensión y el miedo al fracaso y los reemplazan con confianza. Los integrantes de un equipo de alto rendimiento deben analizar todo lo que se refiere a la confianza y acrecentarla reconociendo los aciertos, no señalando los errores. Sus entrenadores deben ser cuidadosos al corregir cualquier aspecto técnico durante la preparación del competidor y no hacerlo sentir como una crítica negativa, sino al contrario, como un refuerzo de todas las habilidades que domina. Los grandes atletas de los Juegos no se permiten las quejas, los lamentos ni los reproches. Si en una edición pierden, luchan para calificar a la siguiente, borran el registro de sus fracasos y saben que cada competencia abre una oportunidad. Esa es la lección que nos dejan los máximos medallistas de la historia. La gimnasta Larisa Latynina (18 preseas) y el nadador Michael Phelps (16) confiaron en su potencial, olvidaron sus derrotas y dieron todo para triunfar. Pero no sólo importa la confianza de ellos y sus colaboradores, sino también la del movimiento olímpico en general que cree en los atletas como grandes deportistas. Es por eso que su lema es la frase latina Citius, altius, fortius que significa en español “¡Más rápido, más alto, más fuerte!” y expresa la confianza en que logren dar lo máximo de sí y lleguen más allá de lo que todos esperan. Algunas ediciones han tenido sus propios lemas en los que también podemos encontrar un voto de confianza no sólo en los atletas, sino en elevados ideales de la humanidad. En Seúl, 1988 fue “Armonía y progreso”; en Barcelona, 1992, “Amigos para siempre”; en Sídney 2000, “Compartamos el espíritu”; en Salt Lake City 2002, “Enciende el fuego interior”; en Turín 2006, “La pasión vive  aquí”; en Pekín 2008, “Un mundo, un sueño” y en Londres, 2012, “Inspira a una generación”. En esas frases, y en las entusiastas (por desgracia, no siempre respetuosas) porras que animan a los deportistas en los estadios, hallamos la gran aportación del movimiento olímpico al tema de los valores. Los Juegos confían en la posibilidad de construir un mundo mejor y aprecian a los atletas como entusiastas promotores de la paz, la alegría, el esfuerzo y la armonía que saben transmitir a toda una generación. Cuando veas alguna competencia de los Juegos piensa que más que una exhibición de destreza física son una expresión de confianza en la capacidad humana de conquistar la bondad, la verdad y la belleza.    

Espíritu deportivo Piernas para correr

Cato Zahl Pedersen (1959- )

Cuando tenía catorce años la vida del pequeño noruego Cato Zahl Pedersen sufrió un cambio radical. Al acercarse a un cable de alta tensión sufrió una descarga eléctrica de alto voltaje que le provocó graves quemaduras y fue necesario amputarle un brazo y la mitad del otro. Sin embargo, sus padres confiaban en que aún así, el pequeño podría llegar a ser alguien extraordinario. Al ver su entusiasmo le facilitaron la capacitación especializada en la Escuela Noruega de Ciencias del Deporte y, con el tiempo, fue un exitoso participante en los Juegos Paralímpicos de Verano y los Juegos de Invierno. Participó en eventos de campo y pista y en justas de esquí. Hasta el 2008 había recibido 24 medallas, 13 de oro. En 1987 se graduó como economista en la Escuela Noruega de Administración.