Cuentos

Una planta del desierto: cuento de esfuerzo

Al final del cuento hay una serie de preguntas para conversar con los pequeños.

Una planta del desierto

Apolinar Arzate nació en un pueblo de Chihuahua. Quedó huérfano desde muy pequeño y fue de un orfanato a otro. Un día Mauricio, el amigo que conoció en un hogar juvenil, le propuso que hicieran un negocio. En el desierto cercano crecían unas plantas de lechuguilla con una fibra gruesa, muy útil para elaborar cuerdas, costales y tapetes. Un comprador pagaba algunos pesos por el kilo. Los dos jóvenes aprovechaban los días sin clases para ir a cosechar las plantas. Se lastimaban las manos con las púas, se agotaban con el calor y la sed… Sin embargo, iban ganando algo de dinero.

Al ver la entrega de ambos el comprador les prestó una cantidad para que compraran equipo y contrataran más gente. Así lo hicieron y al poco tiempo ya tenían un pequeño negocio que fue mejorando pues se halló que la lechuguilla también servía para hacer escobetas y hasta para reforzar la mezcla de las construcciones. Le pagaron el dinero al patrón, siguieron dedicados al trabajo con el mismo interés y llegaron a juntar una pequeña fortuna. Apolinar nunca se casó y cuando ya era anciano quedó bajo el cuidado de sus sobrinos Clara, Gerardo y Ernesto, a los que mantenía. Clara medio arreglaba la casa viendo la televisión, Gerardo se la pasaba buscando empleo sin ganas de encontrarlo y Ernesto, el menor, era aprendiz en un taller de hojalatería, al que siempre acudía con formalidad y donde aprendía de sus mayores.

La esperanza de Clara y Gerardo era apropiarse de la fortuna del tío para gastarla en muchos lujos que habían soñado. Pero por viejito que estuviera, don Apolinar se daba cuenta. A Ernesto el dinero no le importaba, lo que sí le gustaba era platicar con el tío sobre cómo había iniciado aquel negocio con una planta tan sencilla. Un día el tío le llamó y le dijo “Tú nunca me pides nada, pero yo te voy a ayudar”. Recordando la historia de su juventud le prestó una cantidad para que pusiera su propio taller. “El capital aquí está —le explicó— pero el esfuerzo te corresponde a ti”. Ernesto pensó en lo difícil que había sido para su tío reunir esa suma y supo que se le abría una oportunidad.

También pensó en su propia vida y lo aburrido que sería andar como sus hermanos, sin hacer nada. Tomó el dinero y puso un sencillo taller que pronto se hizo famoso por lo bien que trabajaba. ¡Nadie sacaba los golpes ni igualaba la pintura como él! Los autos quedaban como nuevos. Trabajaba hasta los sábados para entregar a tiempo y contrató a sus hermanos como ayudantes. Poco a poco fue recuperando la cantidad del inicio y se la devolvió a don Apolinar. Cuando el taller fue un negocio próspero, Ernesto seleccionó a su empleado más trabajador y le prestó una pequeña cantidad para poner su negocio.

Reflexiona

  • ¿Piensas que fue fácil el negocio del tío Apolinar?
  • ¿Cuál fue el principal factor que le permitió tener éxito?
  • ¿Qué piensas de Clara y Gerardo que sólo querían recibir el dinero?
  • ¿Que hubieras hecho en caso de Ernesto?
  • ¿Qué pequeño negocio te gustaría iniciar?

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