Cuentos

Capulín mío, bella leyenda sobre gratitud

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De la tradición budista, Rafael Muñoz recuperó Capulín mío, bella leyenda sobre gratitud. Una lectura para disfrutar con nuestros hijos.

Al final hay 3 preguntas para reflexionar con los hijos y que el valor arraigue.  

Capulín mío

Tiempo atrás había un hermoso cuervo de plumas muy brillantes y ojos inteligentes. Vivía entre las ramas de un árbol de capulines y amaba su casa: el tupido follaje le daba sombra y lo protegía de la lluvia, las ramas lo mecían suavemente, le fascinaba contemplar sus cientos de flores en primavera y los jugosos capulines eran su dulce alimento, al grado que su plumaje tenía matices de rojo oscuro.

-¡Qué feliz soy en este árbol! Nunca lo cambiaré por otro.

Sin embargo, la naturaleza que sigue su curso, puso una dura prueba al habitante del árbol. Una mañana, las hijas del capulín amanecieron amarillentas y marchitas. Al día siguiente se habían vuelto negras y comenzaron a caerse. Las ramas perdieron sus frutos hasta quedar tiesas y llenas de polvo.

Lo más normal era que el cuervo volara en busca de una nueva casa. Pero se resistía a hacerlo. Por las mañanas, cuando un fuerte rayo de sol recorría diversas partes del árbol desnudo, él extendía sus alas e iba caminando paso a paso por el tronco, para impedir que se quemara. Con su voz aguda le graznaba al árbol:

-¿Crees que voy a olvidarme de ser tu amigo porque te ha llegado la mala fortuna? Mis palabras son sinceras: “capulín mío, nunca te dejaré”.

Los días pasaban y el ave se mantenía fiel a su promesa. En una ocasión un grupo de leñadores se acercó para derribar el árbol a golpes de hacha, pero el cuervo voló encima de ellos, les soltó varios picotazos y logró que se alejaran.

Cuando el capulín estaba aún más seco, las demás aves aseguraban que el cuervo lo abandonaría, pues ya no le ofrecía ni alimento ni protección alguna. Pero él se acercaba a la parte gruesa del tronco (dicen que ahí está el alma de los árboles) y le repetía: “capulín mío, nunca te dejaré”.

Entonces hizo un plan: con el pico empezó a cortar las ramas más finas. Pasó varios días en el suelo aflojando la tierra con sus patas y abrió un pequeño surco para que llegara una delgada corriente de agua desde un río cercano. Incluso recogió varios frutos podridos que había en la zona y abonó la tierra.

Trabajó varias semanas sin descanso. Una mañana despertó y descubrió que las secas ramas tenían pequeños puntos verdes acá y allá. Los miró con atención y se dio cuenta de que el capulín estaba retoñando. En unos cuantos días se cubrió de hojas; tiempo después floreció y pronto estuvo cargado de frutos más dulces y carnosos que nunca.

Un misterioso caminante que solía andar por allí se acercó sorprendido a ver cómo había renacido el árbol. -¿Verdad que soy un gran jardinero?-preguntó el cuervo con expresión de orgullo. -No fue talento lo que salvó a éste árbol, sino tu gratitud. Tu pequeño y brillante pecho guarda el don de la gratitud y hasta la naturaleza se doblega ante los corazones fieles. ¿Puedo probar algunos capulines?  

Pensémoslo con nuestros hijos

  • ¿Hizo bien el cuervo en quedarse?
  • ¿Qué crees que sentía el cuervo?
  • ¿Quién crees que siente más gratitud: el cuervo o el capulín? ¿Por qué?